EL DIA QUE LLORARON LOS CAMINOS
Era un tiritar aún en el sol, nada tenía un color que armonizara, las nubes se detuvieron en el espacio exacto donde todo se entristeciera, el asfalto se torno una amalgama de malos recuerdos, tuve la mala suerte de que el autobús en el que viajaba se detuviera en el marco de esa escena terrible, el correr de la gente ya presagiaba un acontecimiento catastrófico, mis ojos no querían mirar pero era como si mi alma me obligara, en este acontecer había un mensaje profundo que aprender, el quedó con el rostro mirando el infierno, su esencia escurría escandalosa por las grietas del abandono, ¿Quién era? Pregunta común en los que pasaban, entre sus miradas de compasión se escuchaban los ¡Dios mío! ¡Es apenas un niño! el viento tenía un dejo de silencio incomodo como respetando el momento en el que la madre gritara ¡Hijo, hijo despierta! ¡Dime algo! ella contuvo las ganas de agitar El cuerpo del niño inerte y vacio, carecía de forma humana. Él infante sostuvo un aliento profundo inhalando el polvo que tenía en su cara, exhaló después la vida de una sola bocanada, de haber estado vivo más tiempo yo hubiera salido corriendo sin mirar atrás. El más certero de los que miraban tomó a la madre con fuerza y compasión, las miradas en parpadeo lento y sostenido mostrando negación, algunos acomodaron en la palma de una mano su mentón. La luz se fue repentinamente esa tarde como la alegría en el rostro de la madre y del niño, sin percatarme se hizo la noche, el autobús por fin pudo seguir avanzando arrastrando un poco de dolor en los recuerdos de los que miramos el día que lloraron los caminos.
Mario García Sánchez ( Jan)

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